Hoy Puebla no solo tiene gobernador. Tiene rumbo. Tiene norte. Tiene un liderazgo.
Por: La Palabra Política.
Puebla, 3 de diciembre del 2025.
Los líderes verdaderos no se forjan en los días de calma, sino en los instantes en que el poder tiembla, cuando las instituciones se estremecen y el pueblo duda si la voz que eligió será capaz de sostener su destino. En ese cruce feroz entre turbulencia y esperanza, aparece Alejandro Armenta, Gobernador de Puebla. No como un protagonista improvisado, sino como un hombre que entendió —desde el primer día— que gobernar un estado herido por viejas pugnas de poder implicaba romper inercias, desafiar intereses y sostener el pulso firme incluso cuando la marea intentó arrastrarlo.

2025 no fue un año de transición: fue una prueba. Una prueba política, personal y emocional. Los que fueron dueños de los privilegios de ayer, los que dictaban los ritmos del poder desde la sombra, no tardaron en reaccionar. No soportaron ver a un gobernador asentado en una premisa tan simple como subversiva: primero el pueblo. Y, como suele ocurrir en los momentos en que el poder se reordena, la ofensiva comenzó por lo más íntimo: su familia. Una estrategia tan vieja como ruin. No pudieron doblegarlo. Entonces fueron por él, por su nombre, por su historia, por su convicción. Armenta avanzó.
Y mientras caminaba, la tormenta se intensificaba.

Redes sociales intoxicadas, columnistas vociferantes, operadores acostumbrados a disponer del destino del estado bajo sus propios intereses. Pero él siguió. No cedió. No negoció con la mentira. No perdió la brújula.
El gobernador entendió que la verdadera transformación de Puebla no se haría desde trincheras partidistas, sino desde el rescate de lo esencial: la dignidad. La dignidad de los pueblos originarios olvidados; la de las comunidades rurales abandonadas por décadas; la de los jóvenes que buscan no solo empleo, sino un sentido de pertenencia; la de los emprendedores que sostienen a Puebla con creatividad y carácter; la de los empresarios que quieren competir sin amos ni caciques.

Alejandro Armenta no es un ideólogo dogmático, tampoco un adorador ciego de la retórica política. Es, ante todo, un hombre que reconoce que la pobreza no es una estadística: es una cicatriz. Y que gobernar Puebla significa enfrentarla, combatirla, desmontar el privilegio enquistado, y al mismo tiempo garantizar estabilidad, crecimiento y paz social.
2025 fue su campo de prueba.
2025 fue su examen ante la historia.
2025 fue la tormenta que quiso quebrarlo y terminó fortaleciéndolo.

Porque mientras la tempestad rugía, él fue levantando cimientos. Ladrillo por ladrillo, comunidad por comunidad, proyecto por proyecto. Sin estridencias, sin excesos, con una disciplina que desconcierta a sus detractores y anima a los ciudadanos que votaron por él para construir un estado más justo.
Hoy Puebla no solo tiene gobernador. Tiene rumbo. Tiene norte. Tiene un liderazgo que entendió que la Cuarta Transformación no es una consigna: es un compromiso social que exige sacrificio, resistencia y temple.

Los poblanos lo sienten. Los poblanos lo dicen. Los poblanos lo repiten en plazas, reuniones, calles y mercados:
Armenta no se dobló. Armenta no retrocedió. Armenta gobierna.
Y aunque la sombra de los viejos poderes intenta aún colarse por las rendijas del pasado, todo indica que el proyecto que nació en 2025 no fue un accidente: fue el inicio de un nuevo pacto social.
Uno donde Puebla deja de ser el botín de unos pocos y se convierte en la tierra de muchos.
Uno donde el gobierno no se arrodilla ante caciques, sino que se levanta con su gente.
Uno donde la justicia social deja de ser una promesa para convertirse en un camino.

Y en ese camino, Alejandro Armenta camina sin temer al ruido, sin distraerse con la tempestad, sin ceder ante las presiones. Porque los líderes —los verdaderos— no se construyen con elogios, sino con adversidad.
Y en la adversidad de este primer año, Alejandro Armenta nació como líder.


