Política

El Poder No Se Comparte: La Nueva Fase del Control Político en México.

Porque gobernar no es complacer; gobernar es sostener el timón frente a ímpetus que buscan arrebatarlo.

Por: La Palabra Política.
CDMX, 3 de diciembre del 2025.

En política, siempre han existido dos tableros. Uno a plena luz: el de los discursos solemnes, las plazas abarrotadas, los abrazos estratégicos y la ilusión de que la voluntad popular es el motor absoluto del Estado. Ese es el escenario que la mayoría observa, comenta, critica y presume comprender. Pero debajo de él respira otro tablero, más real, más crudo, más determinante. Es el tablero del control: el sitio donde se ejerce el poder que no se negocia, el que no se reparte, el que se defiende con uñas y con historia. Ese es el poder que, desde 2024, Claudia Sheinbaum Pardo decidió ejercer.

Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, presidenta de México.

Porque gobernar no es complacer; gobernar es sostener el timón frente a ímpetus que buscan arrebatárselo. El PRI lo hizo durante 80 años con la naturalidad del que se sabe dueño del país. El PAN lo hizo con la mano firme de quien cree que el poder debe ser de unos cuantos ilustrados. Y hoy, cuando la Presidenta repite la regla más vieja, más cruda y más honesta del poder —el poder no se comparte— la oposición grita, llora, se indigna, y pretende llevar en la frente una aureola moral que nunca poseyó.

Enrique Peña Nieto y Felipe Caldero Hinojosa, expresidentes de México.

La tormenta que se desató por la llegada de Ernestina Godoy Ramos a la Fiscalía General de la República resume ese choque entre la narrativa pública y el músculo profundo del Estado. Porque Godoy no es una improvisada. No es una cuota. No es un capricho. Es la pieza que encaja con precisión quirúrgica en la arquitectura política que la “Cuarta Transformación” requiere para cerrar filas, blindar su proyecto y marcar una línea: la Presidenta no permitirá vacíos, infiltraciones ni fracturas. La Fiscalía es la columna vertebral del poder judicial del Estado. Y quien tenga esa columna, sostiene el cuerpo entero.

Ernestina Godoy Ramos, próxima Fiscal General de la República.

La oposición lo sabe —por eso patalea—, pero finge no recordarlo cuando en sus propios gobiernos colocaron a fiscales guiados no por la ley sino por la obediencia absoluta. Hoy, el PRI y el PAN buscan incendiar el escenario para recuperar un espacio que creen que aún les pertenece por derecho histórico. Pero la época cambió. México cambió. Y la Presidenta también cambió el lenguaje del poder: ya no habrá concesiones a quienes buscan sabotear desde la memoria de sus privilegios.

Ernestina Godoy representa exactamente eso: el fin del reparto, el fin de la lógica de “un poco para ti, un poco para mí”. Su llegada simboliza una fase de gobierno donde el control institucional no se disfraza de pluralidad ingenua, sino que se asume como un requisito para sostener un proyecto político que apenas está en su arranque. Y este país —tan convulso, tan frágil, tan penetrado por intereses oscuros— no está para fiscales tibios, ni para funcionarios que juegan a quedar bien con todos.

La Presidenta Sheinbaum envió un mensaje preciso, frío y calculado:
no habrá sombra sobre su autoridad. No habrá manos ajenas sobre el timón del Estado.

Y en ese mensaje se redefinen las reglas del juego. No es una declaración ideológica; es un posicionamiento estratégico. No se trata de izquierda ni de derecha; se trata del orden interno del poder. Hoy, el gobierno federal asume sin pena lo que todos los gobiernos han hecho: proteger la estructura que sostiene su proyecto. Pero a diferencia de sus antecesores, Sheinbaum intenta hacerlo no desde la simulación, sino desde la convicción.

Godoy Ramos llega a la Fiscalía con algo que la oposición subestima:
un prestigio construido desde la ética, la congruencia y la defensa legal de quienes nunca tuvieron un abogado que hablara por ellos.
No llega por obediencia ciega; llega por coherencia histórica. Y su misión no será proteger partidos sino instituciones.

La Presidenta no entregará un solo centímetro de poder a quienes, en su momento, vaciaron de legitimidad al Estado. Esa es la verdad incómoda. Esa es la verdad que irrita.
Y esa es, justamente, la verdad que sostiene este nuevo capítulo político.

Porque el poder —el verdadero poder— nunca ha sido un territorio compartido.
Y hoy México está presenciando cómo la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ejerce ese principio con precisión quirúrgica, con calma matemática, con determinación férrea.
La historia se mueve. El país se reacomoda. Y la Fiscalía, ahora bajo el mando de Ernestina Godoy Ramos, será uno de los pilares que marcarán el rumbo de un gobierno que decidió no gobernar a medias.

Esa decisión puede gustar o incomodar.
Pero en política, las incomodidades también construyen futuro.

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