El verdadero pueblo de Venezuela está de pie. Con fe, con esperanza y con la convicción de que lo robado será recuperado.
Por: La Palabra Política.
CDMX, 5 de enero del 2026.
Venezuela no cayó de un día para otro. Su tragedia fue lenta, calculada y metódica. Hace veintisiete años, bajo el ropaje seductor de una democracia prometida, llegó al poder un proyecto que nunca tuvo como destino la libertad, sino el control absoluto. Hugo Chávez no inauguró una era de justicia social; inauguró un experimento de dominación ideológica que, con el paso del tiempo, se volvió dictadura. Lo que comenzó como esperanza se transformó en un cerrojo. Y detrás de ese cerrojo, el pueblo venezolano fue despojado de su voz, de su voto y de su futuro.

El libreto no era nuevo. Fidel Castro ya lo había escrito décadas antes. La manipulación de las masas, la narrativa de la lucha de clases, la división sistemática entre “pueblo” y “enemigos”, la captura de las instituciones y la demolición de los contrapesos del poder. Chávez fue discípulo aplicado. Maduro, su heredero obediente. Entre ambos consolidaron un régimen que sustituyó la democracia por simulación, las elecciones por farsas y la soberanía popular por obediencia forzada. Desde entonces, Venezuela dejó de decidir su destino.

El comunismo no llegó con tanques; llegó con discursos. No se impuso con decretos abiertos; se infiltró con promesas. Y cuando el pueblo quiso reaccionar, ya era tarde. Las libertades habían sido cercenadas, los tribunales sometidos, los medios silenciados y el voto reducido a un ritual vacío. La represión política, económica y social se volvió cotidiana. El miedo se normalizó. La pobreza se administró como mecanismo de control. La dignidad fue castigada.

Entonces ocurrió lo impensable: el éxodo. Millones de venezolanos abandonaron su tierra no por ambición, sino por supervivencia. Familias rotas, madres separadas de hijos, jóvenes dejando atrás estudios, proyectos y raíces. Venezuela se desangró hacia afuera. Su talento, su fuerza laboral, su energía vital caminaron fronteras con una maleta ligera y una herida profunda. No emigraron por falta de amor a la patria; emigraron porque la patria había sido secuestrada.

El país que alguna vez fue potencia energética y referente regional fue convertido en una versión caribeña del encierro cubano: un Estado capturado por una élite, sostenido por la represión y alimentado por la mentira. Un país donde disentir se volvió delito y pensar diferente, traición. Sin embargo, incluso en ese escenario oscuro, algo no pudieron arrebatar: la fe. El verdadero pueblo venezolano nunca dejó de creer que la noche tendría fin.

La historia enseña una lección que los regímenes absolutistas siempre olvidan: nada es eterno. Cayó César en Roma, cayó el muro de Berlín, cayeron imperios que parecían invencibles. También caerá cualquier sistema que se sostenga sobre el miedo y la negación de la libertad. Venezuela no es una excepción histórica; es una cuenta pendiente de la historia.

Viva Venezuela no es una consigna vacía. Es un acto de memoria. Es la afirmación de que la libertad puede ser aplazada, pero no cancelada. Es el anuncio de un renacimiento que no nace del odio, sino de la dignidad recuperada. El chavismo arrebató derechos, sueños y vidas, pero no logró matar lo esencial: la voluntad de un pueblo que sabe que la democracia le pertenece.

El verdadero pueblo de Venezuela está de pie. Con fe, con esperanza y con la convicción de que lo robado será recuperado. La historia aún no ha cerrado este capítulo. Y cuando lo haga, no será con el triunfo de la dictadura, sino con el regreso de la libertad. Viva Venezuela.


