Política

Luisa Alcalde: Entre el Discurso Cansado y un Partido Que Se Desmorona.

2026 marcará un punto decisivo. Cuando el “líder supremo” reaparezca en los escenarios públicos.

Por: La Palabra Política.
CDMX, 25 de noviembre del 2025.

MORENA vive un momento extraño: tiene todo… y, al mismo tiempo, no tiene nada. Goza de poder, de presencia territorial, de recursos económicos infinitos —más que cualquier otro partido en la historia reciente—, pero carece del motor que le daba cohesión, fuerza y dirección. Ese motor tenía nombre y apellido: Andrés Manuel López Obrador. Desde que dejó la escena, el movimiento se siente como un barco enorme navegando sin capitán. Y quien hoy debería estar al timón, Luisa María Alcalde, apenas alcanza a sostener el volante.

Tiene que reaparecer Andrés Manuel López Obrador o su partido seguirá perdiendo fuerza.

La Presidenta de MORENA recorre el país, sonríe, abraza, levanta brazos, reparte ánimos… pero no dirige. No ordena. No corrige. No manda. Su presencia se ha vuelto más decorativa que estratégica. Parece más la vocera de un discurso viejo que la líder de un partido que presume ser la fuerza política más grande de México.

El problema es evidente: MORENA perdió el poder del relato. Siete años repitiendo “neoliberales”, “fifís”, “derecha”, “privilegios”, “tecnócratas”… ya no mueve masas, ya no genera entusiasmo, ya no produce victorias por sí solo. El discurso se gastó. Caducó. Pasó de ser una bandera social a convertirse en un eco del siglo pasado, reciclado de las viejas propagandas fidelistas y chavistas. Y mientras Luisa sigue aferrada a él, el partido pierde estructura, militancia, energía y rumbo.

La dirigencia morenista parece no entender que la política mexicana ya cambió. Las bases están inquietas, los liderazgos medios están insatisfechos, los gobernadores juegan por su cuenta y los grupos internos ya no responden a un solo centro de gravedad. MORENA es gigante, pero no sólido. Tiene fuerza, pero no control. Tiene votos, pero no cohesión.

Y ahí está el verdadero peligro.

Porque cuando el dinero deja de alcanzar —y dejará de alcanzar— la militancia será el primer volcán en estallar. El partido no puede vivir eternamente alimentando expectativas con recursos públicos. No hay presupuesto que cure el hambre política. No hay dádiva que reemplace el liderazgo. Y eso lo sabía López Obrador. Por eso mantuvo siempre la mano firme. Por eso nunca dejó de controlar cada resquicio del partido.

Hoy, esa mano firme no existe.

Luisa Alcalde llegó a cuidar el partido, pero no lo ha blindado. No lo ha fortalecido. No lo ha ordenado. No lo ha disciplinado. Y lo más grave: no ha protegido ni consolidado la carrera política de Andrés Manuel López Beltrán, el heredero natural del proyecto lopezobradorista. Ese es el verdadero termómetro del fracaso. Porque un líder político se mide por su capacidad de construir generaciones, no por su habilidad de sostener discursos desgastados.

El verdadero proyecto de MORENA es Andrés Manuel López Beltrán y no lo han respaldado de forma solida, eficaz, certera y eficiente.

MORENA necesita rumbo. Necesita estructura. Necesita mando. Y necesita una dirigencia que deje de culpar al pasado para empezar a enfrentar el presente. La excusa del neoliberalismo ya no mueve ni a los convencidos. Repetirla solo evidencia falta de propuestas, falta de estrategia y falta de visión.

Más que presidenta, una propagandista.

Hoy, Luisa Alcalde parece más una figura simbólica que una dirigente política. Más una propagandista que una estratega. Y mientras ella juega a mantener la narrativa, MORENA pierde militantes, luego perderá votos, después municipios, congresos, estados… y finalmente, el poder. Esa es la ruta natural cuando el liderazgo no se ejerce.

2026 marcará un punto decisivo. Cuando el “líder supremo” reaparezca en los escenarios públicos —y lo hará— pondrá orden. Hará cambios. Reacomodará piezas. Y lo hará porque no está dispuesto a ver cómo su partido se debilita mientras su dirigencia lo abandona en manos de la pasividad.

Luisa aún está a tiempo. Tiene recursos, tiene estructura y tiene el respaldo institucional para recomponer el rumbo. Pero el reloj corre, el discurso envejece, la militancia se desespera y el partido empieza a fracturarse desde adentro.

Si no toma las riendas ahora, alguien más las tomará por ella. Y cuando eso suceda, no habrá discurso —por viejo o repetido que sea— capaz de salvarla del olvido político.

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