El gobernador sabe que se aproxima una nueva embestida, pero también sabe que no está solo.
Por: La Palabra Política.
Puebla, 12 de enero del 2025.
En la orografía del poder mexicano, Puebla siempre ha sido un terreno escarpado, una tierra donde los cacicazgos no mueren, solo hibernan esperando el momento de volver a morder. En medio de este paisaje hostil, se erige una figura que ha decidido no solo navegar la tormenta, sino convertirse en el rompeolas donde se estrellan las olas de la mezquindad: Alejandro Armenta Mier.

El año pasado no fue un periodo de gobierno cualquiera; fue un campo de batalla. Armenta enfrentó una guerra fáctica, tejida en las sombras por grupos de intereses alternos que, al ver amenazados sus privilegios monárquicos, desataron una cacería mediática y digital sin precedentes. Pero se equivocaron de adversario. Pensaron que el ruido intimidaría al guía, sin entender que la resiliencia es el combustible de quien tiene un compromiso moral, no una ambición personal.
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Desde que Alejandro Armenta se unió a la construcción de la “Cuarta Transformación”, sabía que firmaba un pacto con el peligro. Entendía que defender los ideales heredados por López Obrador y hoy blindados por la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, significaba declarar la guerra a las “fieras del poder” en Puebla.

Aquí radica el mensaje psicológico profundo de su liderazgo: Armenta no buscaba un puesto, buscaba una redención histórica para su estado. Su misión era devolverle a las familias poblanas lo que les fue arrebatado hace años: la tranquilidad, la paz y la seguridad social. Al abrir este nuevo panorama, donde el gobierno sirve al pueblo y no a la élite, tocó la fibra más sensible de sus adversarios: su bolsillo y su ego.
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Quien piense que la tormenta ha pasado, vive en una ilusión. Este 2026 no es el año de la paz para el Gobernador; es el comienzo de una nueva y más cruenta batalla. Los grupos políticos y económicos que se sienten desplazados no buscan negociar; buscan aniquilar. Quieren retomar el control feudal de Puebla y para ello, no dudarán en atacar lo más sagrado: su persona, su gobierno y, dolorosamente, a su familia.

Alejandro Armenta aún no encontrará la paz, porque la paz en Puebla hoy es revolucionaria. Sus adversarios se han empecinado en debilitarlo porque su éxito representa el fracaso definitivo de las viejas prácticas.
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Sin embargo, hay algo que los mercenarios del interés mezquino no calculan: la valentía se contagia. Armenta no se ha agazapado; se ha mantenido firme como un faro en la niebla. Su lucha contra los poderes que dividen a la sociedad es titánica, pero necesaria.

El gobernador sabe que se aproxima una nueva embestida, pero también sabe que no está solo. Su fortaleza no proviene de los acuerdos oscuros, sino de la legitimidad de defender los sueños de los grupos originarios y las familias trabajadoras. En esta guerra de desgaste, Alejandro Armenta Mier se perfila no como la víctima, sino como el héroe trágico y resiliente que está dispuesto a soportar el golpe con tal de que Puebla no vuelva a caer en las garras del pasado. La batalla apenas comienza.


