El mexicano común no gana nada de estas batallas. Pierde tiempo, pierde confianza, pierde esperanzas.
Por: La Palabra Política.
CDMX, 28 de agosto del 2025.
La política mexicana se mide en un termómetro muy peculiar: el Senado de la República y la Cámara de Diputados en San Lázaro. Ahí, en ese recinto solemne que debería ser la casa del debate y de la razón, lo que hoy presenciamos es una función teatral de múltiples actos. No son los mexicanos, no son los campesinos, los doctores, los empresarios ni los obreros quienes deciden el rumbo del país; son los partidos políticos los que escriben el guion, los que definen el drama, los que distribuyen los papeles de buenos y villanos.

MORENA, PRI, PAN, PRD, MC, PT, PVEM… distintos colores, distintas siglas, pero la misma esencia: son ellos, y no el pueblo, quienes moldean la narrativa política nacional. Se han convertido en los verdaderos artífices del espectáculo. El pueblo, al que tanto nombran, al que tanto juran defender, no pasa de ser un recurso escenográfico, un estandarte agitado en cada discurso, un comodín para justificar pactos que siempre terminan beneficiando a los mismos.
Lo ocurrido recientemente entre el senador Gerardo Fernández Noroña y Alejandro “Alito” Moreno no es un hecho aislado, es un capítulo más de esta telenovela política. Entre gritos, acusaciones y poses grandilocuentes, el país fue testigo de un enfrentamiento que no tuvo ganadores ni perdedores reales. Ningún mexicano salió beneficiado, ninguna necesidad social fue resuelta, ningún problema estructural se atendió. Fue puro espectáculo, pura estrategia mediática.

Y sin embargo, ellos lo presentan como un ejercicio de democracia. La palabra “democracia” en boca de los políticos mexicanos se ha vaciado de contenido, convertida en un disfraz para ocultar la lucha cupular por cuotas de poder. Detrás del telón, lejos de las cámaras y de los reflectores, los supuestos enemigos se sientan juntos, negocian, reparten posiciones, acuerdan silencios y se estrechan la mano. Como en la lucha libre o en el futbol, rivalizan ante el público, pero tras bambalinas son cómplices en el mismo juego.
El gran problema es que esta dinámica ha desgastado la fe ciudadana. El mexicano de a pie, el que enfrenta la inflación, la violencia, la falta de oportunidades y el deterioro de los servicios públicos, ya no cree en la política. La percibe como un melodrama barato, una novela mal escrita donde los actores sobreactúan mientras el público se cansa, se resigna o simplemente cambia de canal.

Y sin embargo, ellos lo presentan como un ejercicio de democracia. La palabra “democracia” en boca de los políticos mexicanos se ha vaciado de contenido, convertida en un disfraz para ocultar la lucha cupular por cuotas de poder. Detrás del telón, lejos de las cámaras y de los reflectores, los supuestos enemigos se sientan juntos, negocian, reparten posiciones, acuerdan silencios y se estrechan la mano. Como en la lucha libre o en el futbol, rivalizan ante el público, pero tras bambalinas son cómplices en el mismo juego.
El gran problema es que esta dinámica ha desgastado la fe ciudadana. El mexicano de a pie, el que enfrenta la inflación, la violencia, la falta de oportunidades y el deterioro de los servicios públicos, ya no cree en la política. La percibe como un melodrama barato, una novela mal escrita donde los actores sobreactúan mientras el público se cansa, se resigna o simplemente cambia de canal.

El mexicano común no gana nada de estas batallas. Pierde tiempo, pierde confianza, pierde esperanzas. Y los únicos que siempre salen victoriosos son ellos: los partidos, los políticos, los guardianes del poder.
Porque, al final, la política en México se ha vuelto un show. Y como en todo show, el guion está escrito para entretener, para distraer, para manipular emociones. Lo verdaderamente trágico es que, mientras el público observa el teatro, los verdaderos problemas del país siguen esperando solución.


