Política

El Berrinche del Comisario: Marx Arriaga y la Anatomía de una Traición Institucional.

El movimiento no puede permitirse “comisarios” que se sientan dueños de sus parcelas de poder.

Por: La Palabra Política.
CDMX, 17 de febrero del 2026.

En el teatro de la política, la lealtad es la moneda de cambio y la disciplina es el cemento que sostiene la estructura del poder. Sin embargo, lo que hemos presenciado con la salida de Marx Arriaga Navarro de la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP, no es solo un relevo administrativo; es la exhibición impúdica de un populismo visceral que, en su radicalismo, ha terminado por morder la mano que lo alimentó.

Marx Arriaga Navarro de la ex Dirección General de Materiales Educativos de la SEP.

Arriaga, quien se vendía como el guardián de la pureza ideológica del movimiento, terminó mostrando su verdadera cara: la de un militante que no conoce de principios, sino de necedades. Al rebelarse abiertamente ante el Secretario de Educación, Mario Delgado Carrillo, y atrincherarse en su oficina como si fuera un búnker personal, Arriaga no defendió la educación; protagonizó un berrinche político que intentó, de forma calculada, erosionar la autoridad de la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo.

El Radicalismo como Amenaza Interna.

El caso Arriaga es el síntoma de una enfermedad que acecha a los movimientos de masas: cuando los cuadros se vuelven más radicales que el propio movimiento. Arriaga no aceptó que su ciclo en la SEP había terminado. En lugar de una salida digna, optó por la táctica del “quemar las naves”, lanzando golpes bajos y mediáticos al acusar de corrupción a Mario Delgado y a Leticia Ramírez Amaya.

Esta semilla de duda no es gratuita. Al sembrar la sospecha de corrupción dentro de la Secretaría de Educación, Arriaga está replicando el modelo de Julio Scherer Ibarra: utilizar los secretos de alcoba del poder como un arma de chantaje cuando el privilegio se acaba. Un “comunista de cepa” que se vuelve peligroso no por sus ideas, sino por su despecho.

El Desafío a la Silla Presidencial.

Lo más grave de la conducta de Marx Arriaga no es el ataque a Mario Delgado, sino el mensaje psicológico enviado a la nación: la sugerencia implícita de que la Presidenta Claudia Sheinbaum no tiene el control total sobre sus propios militantes. Al desobedecer órdenes directas y rechazar las opciones de cargos alternos que se le ofrecieron por cortesía política, Arriaga intentó proyectar una imagen de debilidad en la Jefatura del Ejecutivo.

En la arquitectura de la “Cuarta Transformación”, existe una regla no escrita pero inamovible: lealtad absoluta. No solo a la ideología, sino a la jerarquía y al proyecto común. Arriaga falló en la prueba más elemental de un funcionario público: la institucionalidad. Al exponer al Secretario y, por ende, a la Presidenta, se fue por la puerta de atrás, la puerta del “revoltoso” y el berrinchudo.

El Costo de la Insubordinación.

Marx Arriaga tuvo la oportunidad de ser un constructor del segundo piso de la transformación; prefirió ser un demoledor de oficina. Su actitud deja una lección clara para el gabinete y la militancia: en el gobierno de la Presidenta Sheinbaum, el control se ejerce y la disciplina se acata.

El movimiento no puede permitirse “comisarios” que se sientan dueños de sus parcelas de poder. Arriaga se va, pero deja una estela de interrogantes que la SEP deberá limpiar rápidamente. La lealtad no se proclama en los libros de texto, se demuestra en la acción y en el respeto a las órdenes superiores. Quien no entienda que el proyecto es más grande que su ego, invariablemente terminará, como Marx, viendo la fiesta desde la banqueta.

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