Lo cierto es que la Jefa de Gobierno Clara Brugada llegó con sello propio.
Por: La Palabra Política.
CDMX, 23 de septiembre del 2025.
Gobernar la Ciudad de México nunca ha sido tarea sencilla. Esta metrópoli no solo es el corazón político del país, también es un volcán en permanente erupción: problemas sociales, choques políticos, intereses empresariales, protestas ciudadanas, todo en un mismo escenario. Y justo en ese tablero explosivo, Clara Brugada Molina asumió la responsabilidad de suceder a Claudia Sheinbaum Pardo, hoy presidenta de México, con la misión de consolidar el llamado “segundo piso” de la Cuarta Transformación.

Su arranque no fue fácil. Los primeros meses estuvieron marcados por turbulencias propias de una ciudad que no perdona descuidos: seguridad, movilidad, servicios, tensiones entre alcaldías. Pero lejos de esconderse en la retórica o culpar al pasado inmediato, Brugada optó por un estilo de liderazgo directo: puertas abiertas, diálogo constante y consensos que incluyen tanto a aliados como a opositores. Esa ha sido una de sus cartas más fuertes: entender que en una ciudad tan plural como la capital, gobernar solo con un color político es receta segura para el fracaso.
Lo cierto es que Clara Brugada llegó con sello propio. Aunque recibió un gobierno estructurado por Sheinbaum, no se limitó a administrar la herencia. Ha imprimido su carácter social, su experiencia como lideresa de barrio y su convicción de que gobernar la Ciudad de México es escuchar, negociar y atender. Ha sido crítica cuando es necesario, conciliadora cuando el momento lo exige, y sobre todo, ha mostrado que no carga con revanchismos políticos. Para ella, un alcalde opositor no es un enemigo, es un interlocutor.

Esa madurez política resulta clave. En un país donde las trincheras ideológicas suelen convertirse en muros, Brugada ha preferido levantar puentes. Y lo ha hecho con la claridad de que su papel no es solamente mantener en equilibrio a la capital, sino fortalecer el proyecto político que representa: la continuidad de la transformación impulsada primero por López Obrador y ahora por la presidenta Sheinbaum.
Gobernar la Ciudad de México es como intentar conducir un barco en medio de tormentas que nunca cesan. Los problemas jamás desaparecen del todo: la inseguridad se transforma, la movilidad exige nuevas soluciones, las desigualdades sociales persisten. No existe una varita mágica, y Brugada lo sabe. Su apuesta ha sido enfrentar los conflictos con un equipo de gabinete que actúe rápido, que escuche y que diseñe soluciones en tiempo real.

Lo importante aquí no es si logra resolver cada problema de inmediato —nadie puede—, sino cómo se está consolidando como pieza política central en el ajedrez nacional. Porque Clara Brugada no solo gobierna la capital, gobierna la vitrina más visible de todo el país. Y en esa vitrina, lo que haga o deje de hacer repercute en la narrativa del movimiento que hoy detenta el poder.
Brugada no es una simple heredera del proyecto; es una constructora activa del segundo piso de la 4T. Una mujer que, con carácter social y colmillo político, ha demostrado que sabe navegar en aguas turbulentas y que entiende que la capital del país no es un premio, sino una responsabilidad de Estado.


