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El Amo del Tablero: Donald Trump y la Rendición del Socialismo Americano.

OPINIÓN

Por: José R. Rodríguez Jiménez

Nos guste o no, Donald J. Trump ha restablecido el orden jerárquico.

CDMX, 11 de febrero del 2026.

En la política real, esa que se escribe con sangre fría y tinta indeleble, no hay lugar para los débiles de espíritu ni para los románticos de la moral. Hay una sola ley universal que gobierna la historia de las naciones: ganar. Y si hay un hombre en la faz de la tierra que ha convertido el acto de ganar en una forma de arte, ese es Donald J. Trump.

Desde su regreso a la Casa Blanca, el “Capitán América” no ha perdido el tiempo en discursos vacíos sobre fraternidad. Ha venido a cobrar facturas y a poner orden. Lo que estamos presenciando en este 2026 no es diplomacia; es una conquista geopolítica magistral. Trump ha logrado lo que parecía imposible: que los líderes del socialismo latinoamericano, esos que ayer gritaban consignas antiimperialistas, hoy doblen la rodilla, guarden sus banderas rojas y se sienten a pactar en la Oficina Oval bajo las reglas del norte.

Donald J. Trump, presidente de los Estados Unidos y Gustavo Petro, presidente de Colombia.

La jugada ha sido perfecta. Trump entendió que la ideología tiene un precio y que la supervivencia política de sus vecinos depende de su beneplácito.

Trump ha demostrado que no necesita disparar una sola bala para ganar una guerra. Su arsenal son los aranceles, el control de los recursos minerales y la llave de los tesoros naturales. Ha puesto a los gobiernos de izquierda contra la pared y les ha dado una única opción: colaborar o perecer.

Para los puristas, la política de Trump puede parecer rapaz. Pero para los expertos en poder, es una cátedra de eficiencia. Donald Trump es un ávido conocedor de la naturaleza humana; sabe que en la mesa de negociaciones no existen la ética ni la moral, solo existen los intereses.

Laura Dogu enviada del Presidente Donald J Trump para negociar con Delcy Rodríguez encargada de la presidencia de Venezuela tras la caída de Nicolás Maduro.

Como lo ha mencionado en sus libros y biografías: “Yo no pierdo”. Y no lo ha hecho. Su juego geopolítico le está otorgando un poder sin precedentes sobre el continente. Ha despojado a la política internacional de su hipocresía habitual. Ya no hay discursos fingidos de “hermandad”; hay acuerdos comerciales duros donde Estados Unidos siempre lleva la mejor parte. Es la aplicación moderna del “América Primero”, llevado al extremo de convertir a todo el hemisferio en su patio de operaciones.

La cereza del pastel está por caer. Miguel Díaz-Canel ya abrió la puerta al diálogo, un eufemismo para decir que está pidiendo clemencia. Donald Trump lo sentenció: Cuba caerá. Y no falta mucho. La isla, asfixiada y sin sus antiguos mecenas, está a un paso de arrodillarse ante el poderío económico del norte.

Cuando Cuba ceda, Trump habrá completado el mapa. Habrá borrado del tablero cualquier vestigio de resistencia comunista, no con ideología, sino con la aplastante realidad del mercado y la fuerza.

Miguel Díaz-Canel está a momentos de pactar con el gobierno de Estados Unidos.

Nicolás Maquiavelo escribió que es mejor ser temido que amado. Donald Trump ha llevado esa máxima al siglo XXI. Los discursos de paz y armonía son para hipnotizar a los pueblos ingenuos; la verdadera política es la que él ejerce: ríspida, tenebrosa y rapaz.

Nos guste o no, Donald J. Trump ha restablecido el orden jerárquico. Ha tomado todas las piezas del tablero económico y de control. Hoy, el continente americano marcha al ritmo que él marca. Es el triunfo del pragmatismo sobre la utopía. El Presidente de Estados Unidos ha vuelto a hacer grande a su país, a costa de someter a todos los demás. Y en el juego del poder, eso se llama victoria absoluta.

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La Palabra Política

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