La lavandera de hospital que ha ganado casi todos los premios de poesía

El prestigioso Hiperión, obtenido este año, es el último galardón en la carrera de Begoña M. Rueda, gracias a un poemario sobre su trabajo en el Hospital Punta de Europa de Algeciras

         
       
                       
 
     

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Begoña M. Rueda en Algeciras, el 5 de julio. MARCOS MORENO.

SERGIO C. FANJUL/ EL PAÍS.

En la lavandería de un hospital se lava el pijama de los enfermos, los uniformes de los trabajadores, las batas de los cirujanos, las mantas, las sábanas sucias de sangre, de sudor, de vómito, de todos los fluidos que segregan los cuerpos enfermos o los cadáveres recientes. “Nunca sabes nada de las personas que han utilizado esas prendas, si han muerto o si viven… Podría haber sido algún ser querido. Todo eso da mucho que pensar, sobre todo la ropa de los niños”, dice la poeta Begoña M. Rueda (Jaén, 29 años). El mundo se ve de otra manera desde la lavandería de un hospital, entre las lavadoras y las secadoras industriales, mientras entran carros de prendas sucias y salen las ropas limpias y empaquetadas. Los sudarios que envuelven el cuerpo de los difuntos es lo único que no se lava ni se reutiliza. Afuera sucede el drama cósmico de la existencia: se nace y se muere, se enferma y se cura, se ríe y se llora. Es decir, ahí puede haber poesía.

Rueda es lavandera-planchadora en el Hospital Punta de Europa de Algeciras y desde un lugar tan inopinado ha escrito el crudo poemario Servicio de lavandería, galardonado este año con el premio Hiperión y publicado por esa misma editorial. En 2019, por necesidades económicas, Rueda pausó su carrera de Filología Hispánica en Jaén, dejó a familia y a amigos, a su pareja y se fue más al sur para ganarse la vida. Y ahora mira entrar los barcos en el enorme puerto, delante del peñón de Gibraltar, y escribe sobre su trabajo, tan prosaico. “Siempre me ha parecido que la poesía tiene que visibilizar a la clase trabajadora… y, que yo sepa, no existen poemarios sobre este oficio”, explica Rueda. Lo que viene a la cabeza cuando se piensa en lavanderas en la cultura son imágenes de mujeres a la orilla del río, tendiendo las sábanas blancas al viento. No es lo mismo. “Son pocos los que aplauden / la labor de la mujer que barre y friega el hospital / o la de las que lavamos la ropa de los contagiados / con las manos desnudas”.

Rueda comenzó a escribir su libro en 2019, antes de la pandemia, pero cuando llegó el virus fue imposible no integrarlo en sus poemas. Ahí se relata el miedo ante una amenaza desconocida, la falta de recursos en los primeros compases de la tragedia, el hospital colapsado, los minutos de silencio por las compañeras fallecidas. “Junto a las mascarillas nos entregan los guantes. / Ya no me daré cuenta de las sábanas / que llegan todavía calientes / a mis manos”. Rueda opina que un poeta es necesariamente hijo de su tiempo.

Desde 2016, en un ejemplo de prolificidad, ha publicado siete libros y los siete gracias a un premio. En el primero, Princesa Leia (La Isla de Siltolá), la poeta se dedicaba al tema espacial y de ciencia ficción, basándose en Star Wars, y ganó el II Premio de Poesía Joven Antonio Colinas. En 2019, en Reencarnación (Ediciones Complutenses), trataba el tema de una mujer que se reencarna en diferentes momentos de la historia, y ganó el Primer Premio de Poesía de la Universidad Complutense de Madrid. Con Error 404 (Visor), ganó el prestigioso Premio de Poesía Ciudad de Burgos. Entre otros. Algunos de sus libros son más conceptuales o narrativos, otras recopilaciones de poemas sin especial hilazón, más allá de la que confiere la autoría. “Intento buscar la variedad, la versatilidad”, dice Rueda. “Es cierto que el escritor está siempre escribiendo el mismo libro, pero hay que intentar hacerlo de maneras distintas”.

A pesar de sus premios y publicaciones ha notado el clasismo en el mundo poético. “Hay gente que me ha dicho que se siente decepcionada conmigo: no entienden, ‘con lo lista que eres’, ‘con lo bien que escribes’, que siga en trabajos como el mío”. En su libro también deja constancia de los médicos que ni siquiera saludan a las lavanderas, como si no existieran, o de los gestores que descuidan su salud. La poesía es un trabajo, pero escasamente valorado y, sobre todo, no remunerado (es difícil, también, imaginar a un poeta en jornada de ocho horas). Rueda ha tenido muchos pequeños trabajos, como camarera o pizzera en franquicias a domicilio. “En algunos sitios he conocido condiciones de esclavitud pura y dura, salarios que no daban ni para llevar una vida digna”, relata. “Escribir poemarios es un trabajo que lleva su tiempo y su esfuerzo, lo ideal sería que estuviera bien remunerado, que yo pudiera regresar a estudiar mi carrera”.

En verano, en su servicio de lavandería en el hospital de Algeciras, la temperatura de día, rodeada de máquinas en funcionamiento, puede ser incompatible con la vida humana. Así que esta temporada le toca currar en el turno de noche. Algunos enfermos, cuenta en un poema, antes de fallecer, se peinan, se afeitan y se empapan en Varón Dandy, “como si morir / no consistiera sino en dar otro de muchos paseos / los domingos por la mañana”.

DE QUÉ COMEN LOS POETAS

Para José Agustín Goytisolo, el oficio de poeta consistía en: “Contemplar las palabras / sobre el papel escritas, / medirlas, sopesar /su cuerpo en el conjunto / del poema”, pero resulta que este oficio no suele dar de comer. Así que los poetas han tenido que dedicarse a otras profesiones más alimenticias.
Algunos se han dedicado a profesiones relacionadas con la literatura, como T.S. Eliot que, además de revolucionar la poesía del siglo XX, fue editor en Faber & Faber. Pero los poetas también se han empleado en algunos trabajos carentes del glamur de lo literario. Entre los muchos trabajos de Charles Bukowski estuvo el de cartero y otros trabajos precarios y temporales. Jack Kerouac, antes de lanzarse a la carretera y ponerse a vagar por Estados Unidos, fue marino mercante y vigilante de bosques.
William Carlos Williams solía practicar la medicina de día y la poesía de noche. El precursor del fascismo italiano, el excéntrico Gabriele D’Annunzio, fue destacado militar y héroe de guerra, mientras que Blaise Cendrars transitó un montón de oficios inopinados: vendedor de joyas, pianista, apicultor, empleado de matadero, fogonero o cazador de ballenas. Y Jaime Gil de Biedma tuvo un trabajo tan prosaico como directivo de la empresa tabaquera familiar.
Roberto Bolaño hizo de todo, pero es especialmente célebre su trabajo como vigilante nocturno en un cámping de la costa catalana. También en España es curioso el caso de Vicente Gallego, que ha sido portero y gogó de discoteca, podador de pinos o empleado en un vertedero, oficio que ejercía cuando ganó el premio Loewe.

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